El “Sanguinario Sam”, lo llamaba la crítica y el público, apodo que se ganó a pulso gracias a su explícita violencia, misma que le gustaba combinar y explotar bajo una narrativa lírica, poética, contemplativa. Quizá el mayor referente del western crepuscular, subgénero del salvaje oeste centrado en la desmitificación del “vaquero”, del héroe convertido en un paria nostálgico, perdedor, vencido y/o en búsqueda de la redención, todo esto enmarcado en un paraje caótico, decadente y por supuesto… violento.